Anécdotas

 

Exposición:

Departiendo con Antonio Alvarez Lleras

 

El éxito de Como los muertos

Este drama de Álvarez Lleras alcanzó gran éxito en el país, durante los primeros años de la década del treinta. Después de que las compañías profesionales lo representaban, las agrupaciones de aficionados se antojaban de hacer lo mismo. Dos ejemplos son notables. El primero ocurrió en Pasto, en marzo de 1934, cuando el drama fue incluido en una velada literaria de la familia Santacruz; el segundo en Chiquinquirá (Boyacá). Un grupo de aficionados decidió montarlo en vista de que un par de compañías profesionales, que habían estado esperado ansiosamente, no se detuvieron en la ciudad y los dejaron con las ganas de ver Como los muertos. Debido a que el deseo no era motivo suficiente para esa sociedad conservadora, los diletantes boyacenses encontraron una razón poderosa para llevar el drama a las tablas: contribuir a una obra de beneficencia con los recursos que recogieran en la taquilla. Así que el grupo no solo leyó el drama sino que también lo actuó.

Álvarez Lleras en Cádiz

 

Estando el dramaturgo de cónsul en Cádiz, pudo ver su obra Como los muertos, representada por la compañía Uribe-Morlán, cuya primera actriz, Carlota Uribe, había nacido en el Departamento de Caldas.

Mercenarios en la radio

 

En marzo de 1942 la Voz de Colombia decidió pasar en su franja de los domingos en la noche las obras completas de los dramaturgos colombianos. Comenzó con Los mercenarios de Antonio Álvarez Lleras y el mismo autor dirigió los ensayos.

Un virrey en la radio

 

El 1 de febrero de 1947 la Radiodifusora Nacional cumplía 7 años al aire; además de los discursos oficiales del presidente Ospina y los ministros, ese día se estrenó la obra de Antonio Álvarez Lleras El virrey Solís. Drama histórico en cuatro actos. La Editorial Minerva también la publicó ese año y al siguiente la estrenó la Compañía de María Guerrero, en el Colón, la noche del 29 de mayo.

Como los muertos en teatro y cine

Cada vez que se representaba el drama Como los muertos de Antonio Álvarez Lleras, alcanzaba éxito rotundo en cualquier ciudad del país. Las compañías nacionales Uribe-Morlán y la de Mariano Rueda lo incluyeron en su repertorio, y en las giras artísticas por el país se encargaron de divulgarlo durante los años 1930 y 1931. A pesar de la censura que la película del mismo título había recibido, los distribuidores de la cinta aprovechaban el paso de la farándula teatral para volverla a exhibir. Así que los espectadores recibían doble dosis de Como los muertos, en formatos distintos, lo cual producía mil comentarios sobre el drama, sobre actores y actrices y sobre su versión cinematográfica. El Diario de Pereira, por ejemplo, registró el acontecimiento, después de que la Compañía Uribe-Morlán abandonó la ciudad para continuar su camino a Cali: “En el muy simpático Salón Pereira, con una concurrencia tan selecta como numerosa, se exhibió anoche la hermosa película nacional Como los muertos, que es una fiel interpretación de la maravillosa obra de Antonio Álvarez Lleras. Enviamos nuestras felicitaciones a los cultos empresarios del Salón Pereira y deseamos que todas las noches se vea el salón repleto de una concurrencia tan numerosa y distinguida como la que admiró anoche a Como los muertos.

Censura a la película Como los muertos

El martes 2 de junio de 1925, funcionarios del Ministerio de Industrias citaron de urgencia a una junta, con el objeto de determinar si se suspendía la exhibición de la película Como los muertos, basada en la obra de teatro del mismo nombre, del dramaturgo Antonio Álvarez Lleras. Además del carácter urgente, se agregó otro calificativo a la convocatoria, el de “patriótica”, pues si se continuaba mostrando la cinta, millones de familias colombianas que vivían del cultivo del café podrían “quedar arruinados”, “en la más amarga indigencia” y dejarían sus fincas abandonadas; este era el argumento apocalíptico de unos caballeros que le profesaban gran amor a la patria. Dichos señores le habían hecho caer en la cuenta al ministro de Industrias que: “En esa cinta figura un leproso y, si la proyectan en el exterior, allí nos van a creer a todos leprosos. ¿Qué será entonces de nuestro café?”. La urgencia se debía a que el personaje leproso se pasearía por teatros del exterior, pues, para comenzar, el cronograma de exhibición de la cinta comenzaba en Panamá y Venezuela. La reunión fue fructífera, la proyección se suspendió temporalmente en el país por las presiones de dichos caballeros, quienes pertenecían a la Sociedad de Agricultores.

 

En una entrevista a la prensa, el autor del drama y del guión cinematográfico, Álvarez Lleras, dijo que la deducción de la Sociedad era igual a la de los mdel dramaturgo acer denuncias por medio de folletos, novelas y libros como saban los enfermos, algunos de los cuales hu imaginacédicos de la zarzuela El rey que rabió, que decían “que bien podría perjudicar el café o bien podría no perjudicarlo, pero que en todo caso lo mejor sería suspenderla”. El dramaturgo asimismo dijo que la prensa llevaba años publicando artículos sobre el grave problema de los leprosorios, pues las autoridades los tenían abandonados desde hacía años, por eso los enfermos padecían hambre, lo cual los obligaba a huir para mendigar en poblaciones vecinas. Además de los artículos, agregaba el dramaturgo, se habían denunciado los mismos hechos mediante folletos, novelas y libros. Tal como lo había hecho el poeta y dramaturgo Adolfo León Gómez, en especial en su libro La ciudad del dolor, que había circulado dentro y fuera del país. Entonces, Álvarez Lleras dudaba mucho de ese argumento que le parecía “infantil”: “Jamás esperé que tal tontería tomara las proporciones de conflicto nacional”, remataba la entrevista el autor.

 

Adolfo León Gómez aprovechó la oportunidad para escribir que: “Fuerza es hacer saber a los países extranjeros que en materia de lepra, Colombia no está peor que ninguno de ellos, y que antes bien, ha sido menos flagelada por esa enfermedad que otros de mayor o igual población, y de territorio extenso; pero por desgracia hicieron con ella más alharaca y más escándalo que en ninguna otra parte del mundo, ya por la manera estrepitosa e imprudente, como a veces se practicó la caridad, ya por los negocios de los innumerables explotadores del mal, y, principalmente, por el fárrago de leyes inconsultas y alarmantes, decretos inconstitucionales, resoluciones violentas, informes ponderativos y en parte falsos de algunos funcionarios, y circulares aterradoras a todas las autoridades sobre persecución de enfermos”.

 

Después de declaraciones y especulaciones sobre el tema, el productor de la cinta, Donato Di Doménico, mucho más pragmático que todos, dijo que la película se podía suspender si el gobierno la compraba, y que él estimaba su costo en veinte mil dólares. Pero ni el gobierno ni la Sociedad de Agricultores ofrecieron pagar o negociar la cifra. Entonces Álvarez Lleras declaró: “Esto nos extrañó, dado el patriotismo con que algunos caballeros protestaron contra la película. Algún amigo me hacía recordar lo ocurrido con cierto impuesto sobre el café, proyectado por el gobierno para acometer la campaña sanitaria contra la anemia tropical, el que halló entre algunos patriotas cafeteros sus más decididos adversarios”.

 

Sumándose a la ya nutrida polémica, el periódico Mundo al Día señaló irónica y socarronamente que no solo el café estaba en peligro de muerte, lo mismo podía sucederle al cacao, a la tagua, a los versos, a las intrigas, al fique y a otros productos netamente nacionales; que en las principales ciudades del Brasil, cuya producción de café era superior a la de Colombia, se estaba proyectando una película basada en la novela Inocencia, en la que figuraba un leproso, y los brasileños no se habían enterado del perjuicio que podría causarle a su café y a su vitalidad económica, la más importante de Suramérica. Agregaba el periódico en el mismo tono,  que todo el mundo seguía comiendo arenques y sardinas de Noruega, a pesar de que en Los espectros de Ibsen –drama traducido a todos los idiomas– figuraba un enfermo incurable y un tanto “repugnante”; que la mayoría de heroínas de los fotodramas franceses morían tísicas, y Francia seguía exportando vinos y champaña; que en Estados Unidos no se habían prohibido las novelas de Upton Sinclair, y en ellas el autor describía “escenas pavorosas de contagios, de hospitales, de asquerosas enfermedades físicas y morales”, y todo el mundo seguía comiendo las frutas, los cereales y toda clase de comestibles y comprando maquinaria producidas en ese país.

¡Ay, las malas costumbres del país!

En 1924 se estrenó Los mercenarios de Antonio Álvarez Lleras, en el Teatro Municipal. Tuvo un éxito inmediato. No obstante, después de tres funciones la obra se sacó de cartelera; el primer actor Gerardo de Nieva, quien representaba al personaje de Esteban, había recibido amenazas “de mil maneras por personas a quienes ha desagradado”, según lo declaró el actor. La prensa y muchos espectadores lamentaron la situación porque las funciones habían tenido gran asistencia de público, inusual para una obra nacional, y todavía había personas que se acercaban a la taquilla del teatro para reservar su entrada.

Autocensura creativa

Tenía 19 años Antonio Álvarez Lleras (1892-1956) cuando estrenó su primera obra Víboras sociales, que fue ovacionada en el Teatro Municipal de Bogotá. Como los enconos políticos estaban exacerbados en el país, en los años diez, Víboras sociales fue considerada por la prensa liberal como una crítica y sátira “a la reacción política”. Debido a esta interpretación, el acontecimiento teatral encontró eco en periódicos de otras ciudades. Al padre del novel dramaturgo, el escritor y poeta Enrique Álvarez Bonilla, no le hicieron ninguna gracia ni los artículos periodísticos ni la reacción de muchos espectadores, quienes durante la función habían aplaudido de manera estrepitosa parlamentos que, según su parecer, ridiculizaban a algunos políticos. Para no darle más disgusto a su padre, Antonio se mantuvo muy callado dentro de la casa y no volvió a hablar de su gusto por la escritura teatral. Pero muy rápidamente el padre lo perdonó, con el argumento de que el hecho había sido “cosa de jóvenes”. Estimulado por su temprano éxito, el dramaturgo se dedicó a escribir su siguiente obra: Alma joven.

Isaacs en las tablas

A finales de 1930 la Compañía Rueda, dirigida por Mariano Rueda, estaba de gira artística por el sur del país y al terminar su temporada en Pasto, durante los beneficios a favor del elenco, la actriz Julia Serrano escogió Como los muertos de Antonio Álvarez Lleras, que mereció el aplauso del público. El balance de la temporada, hecho por el crítico del periódico El Derecho, en términos generales fue favorable para la compañía, con excepción de la representación de la obra María, versión de la novela del mismo título de Jorge Isaacs, de cuyo adaptador se desconoce su nombre. Esto escribió el crítico: “Notable éxito en todas sus representaciones ha obtenido la Compañía Rueda en esta ciudad, con excepción de la obra María, de Jorge Isaacs, que no ha podido dar resultados en las tablas de ningún teatro. La adaptación exhibida en la noche del domingo constituye un verdadero desastre que, para honor de nuestra literatura nacional, no debería volverse a presentar en ninguna parte, porque ello va indudablemente en menoscabo de esa grande obra de fama universal, que tanto honor ha dado a las letras colombianas”. Agregaba el crítico que los otros dramas presentados como El estigma, La hija maldita, Como los muertos y los demás, “son dignos de los aplausos que el público de Pasto ha tributado sin reticencias, especialmente a la bella actriz Isabelita, a don Mariano Rueda, a Julia Serrano, a Azucena Imperio y demás artistas, a quienes enviamos nuestras felicitaciones”. 

Dudas de un crítico

En diciembre de 1932, en la población boyacense de Chiquinquirá se organizó un grupo de aficionados al arte escénico y para que no despertara sospechas ni dudas sobre la obra y el objeto de la representación, el reseñista del periódico de El Ariete –seguramente amigo de los teatreros y de la cultura–, en una nota dejó en claro que la iniciativa se debía a “dos damas del más alto nivel espiritual” y que el objetivo de la representación era un “bello gesto de filantropía”; la obra pertenecía al repertorio nacional, salida de “la magistral pluma del doctor Álvarez Lleras”, que ya había sido aplaudida en todos los rincones del país. Se trataba del montaje de Como lo muertos. Con toda seguridad, con el anuncio, el periodista no estaba faltando a la verdad: no había duda sobre la espiritualidad de las damas, el objeto de la representación era altruista y la obra había sido aplaudida en los rincones del país, menos en Chiquinquirá, para pesar de los aficionados.

Al día siguiente del estreno del drama, el crítico bisoño –tal vez tan bisoño como los miembros del elenco– comienza su columna con un acto de sinceridad poco frecuente; duda sobre su idoneidad como crítico. Así comienza la columna: “Aun cuando no tenemos la suficiencia necesaria para hacer la crítica teatral, nos pareció que los actores pusieron todo empeño en satisfacer al numeroso público que asistió a la representación, e interpretaron a cabalidad los distintos motivos psicológicos que el autor quiso estampar en esta obra que ha resistido el análisis severo de los peritos en la materia”. Y a renglón seguido analiza la caracterización de cada uno de los miembros del elenco, incluyendo su vestuario, y la respuesta del público frente a los parlamentos. En todo caso, bastante más enterado del arte escénico que otros expertos capitalinos. Al terminar su columna, el novel crítico desea que la experiencia se prolongue, para que la sociedad estimule el “género literario de mayor valía”.

Catarsis dolorosa

Poco después del estreno del drama Como los muertos, su autor, Antonio Álvarez Lleras, rememoró esa noche de la siguiente manera: “Recuerdo un incidente por demás impresionante y de extraña coincidencia acaecido la noche de su estreno, en el Teatro de Colón. Por entonces se usaba, particularmente en los estrenos, amenizar los entreactos con trozos de música interpretados por excelentes orquestas. La de aquella noche la dirigía nada menos que el maestro Luis A. Calvo, quien, por deferencia especial, me hizo el honor de estrenar en el primer entreacto su bellísima danza Carmiña. Creo que el éxito de mi pieza se debió en gran parte al estupendo éxito que obtuvo Calvo con su danza.

 

El público entró en situación, hasta tal punto que al final de la obra todos los ojos estaban húmedos. Se aplaudió con un calor y una emoción que aun me enorgullecen y complacen. Pero lo que me causó más honda impresión fue la entrada de Calvo al escenario para felicitarme. Estaba pálido, desencajado. Me abrazó largo rato en silencio y luego se alejó paso a paso apoyándose en los muebles y las bambalinas. Yo me quedé suspenso, sorprendido de la intensa emoción artística que había producido mi drama en aquel grande y refinado espíritu. ¿Suponen ustedes qué sentiría yo cuando supe que el maestro no había vuelto a las posteriores representaciones de Como los muertos, porque acabábase de notificar que estaba leproso?

 

Unos años después Como los muertos fue llevada a la pantalla por los hermanos Di Doménico. Dicen algunos que fue la mejor película en cine mudo que se realizó por entonces en Colombia. Fue interpretada por el actor español Agustín Sen y la notable actriz Matilde Palou”.