Anécdotas

 

Exposición:

Anuncios teatrales: Acercando al público

No una sino innumerables anécdotas se pueden contar de todo lo acaecido en la capital y en ciudades donde se presentó el barítono Titta Ruffo, quien vino al país con la Compañía Bracale. A continuación unas cuantas ocurridas en Bogotá.

 

Exordio. La primera aparición del público ocurrió durante los preámbulos de la llegada del divo, cuando se iniciaba la publicidad de la temporada y se divulgaban los perfiles artísticos del elenco. En dicho momento, la conocida “personalidad bogotana”, como la tipificó la prensa, se empezó a hacer presente en todos los corrillos. Según la misma fuente, personas de escasos conocimientos musicales, lejanos al mundo de la ópera, aseguraban que Ruffo había aceptado venir al país porque estaba en el ocaso de su carrera, ya no tenía voz. De todas maneras, el barítono llegó, debutó y encantó.

 

Al parecer, con personalidad bogotana, los periodistas se referían a que algunos espectadores bogotanos dudaban que primeras figuras del mundo artístico consideraran la ciudad buena plaza, porque con excepción de unos cuantos —quienes hablaban entre ellos, obviamente— el público colombiano era “salvaje”. Y si algún gran artista aceptaba venir, pues había que mostrarse escépticos sobre el talento del susodicho. La personalidad bogotana había surgido en el pasado en casos similares, con otros artistas dramáticos u operísticos que se habían aventurado a visitar el Nido de las Águilas, como también se le decía a Bogotá. Para corroborar esto, baste recordar las consejas tejidas alrededor del telón de boca del Colón, del cual se afirmó que había llegado a Bogotá por equivocación, pues su destino final era el Teatro Colón de Buenos Aires.

 

En el ínterin. Transcurría la temporada lírica y dos jóvenes simpáticos y bien vestidos se presentaron a la oficina del empresario Adolfo Bracale con una esquela firmada por el presidente de la República, general Pedro Nel Ospina, en la cual este solicitaba al empresario obsequiar a los jóvenes dos entradas a galería, para la función de esa noche. De inmediato, Bracale atendió el pedido presidencial, que consideró como una orden afable. Igualmente, casi de inmediato, Bracale se dio cuenta que la esquela con su membrete y firma eran falsos.

 

Los jóvenes fueron llevados a la Policía y parecía que escucharían la ópera desde la cárcel y no desde la galería del Colón, a no ser que un milagro ocurriera. Y aunque estos suceden durante los procesos de canonización, este no era el caso; sin embargo, el empresario pidió indulgencia a las autoridades para los dos jóvenes, pues entendió que ese proceder se debía al “loco entusiasmo que el gran barítono” había despertado, y a los “sufrimientos por los que muchas personas estaban pasando” por no tener dinero para escucharlo.

 

Intermedio. En las páginas de reseñas y espectáculos no solo se hablaba de la ópera y de las funciones; era indispensable nombrar a las familias que se hacían presentes en los balcones del teatro. Como se trataba de un gran acontecimiento social, los restaurantes del sector lo supieron aprovechar. El Café Pensilvania (ubicado en la carrera 9 entre calles 12 y 13) durante la temporada cambió su horario: cerraba a las tres de la mañana y ofreció un menú especial.

Conflicto dramático. Repentinamente el barítono enfermó. El público se enteró que esa noche no había función justo al llegar a las puertas del teatro que encontraron cerradas y un gran aviso informaba la cancelación de la función. Además, sin ninguna mesura, el empresario Bracale explicaba a las más distinguidas familias bogotanas que el barítono se había negado a cantar esa noche Rigoletto, pretextando una enfermedad repentina. Alteración de salud que, según él, los galenos no habían podido diagnosticar. En cuestión de minutos la noticia corrió por toda la calle 10 y los alrededores.

Centenares de espectadores ataviados elegantemente se devolvieron decepcionados, otros tristes, otros malhumorados y otros más coléricos e iracundos. Entre estos últimos se organizó un grupo que se dirigió al Hotel Ritz, donde se hospedaba Titta Ruffo, y desde la calle, a gritos, le expresaron al barítono sus reclamos y desagrado. La prensa señala que el director de la Policía intervino a tiempo para disolver a los manifestantes.

Mientras tanto, unos periodistas que habían logrado entrar a entrevistarse con el comendador Ruffo, escuchaban su versión. Cubierto con un elegante déshabillé, de manera dramática y voz apagada, él explicaba que estaba enfermo, que tenía catarro y lo confirmaba mostrando su pecho todo quemado por la cantidad de sinapismos que para mejorarlo le habían puesto. De manera angustiante contaba asimismo las desgracias que le habían ocurrido a otros colegas suyos, quienes habían cantado estando enfermos, solo por complacer a los empresarios y al público.

Al día siguiente aparecieron los titulares en la prensa. Se preguntaban si era enfermedad o un ataque de “neurastenia del divo”. Llovieron los comunicados oficiales: del señor Menachia, secretario del barítono, del empresario Bracale, de los médicos, del gerente del Teatro Colón, del director de la Policía, del Ministro de Instrucción Pública que defendía los intereses del público y del empresario, etcétera. Luego vino la calma y se acordó una fecha para escuchar un poco después Rigoletto.

Desenlace. Después del conflicto, Ruffo se presentó en el escenario. Los reseñistas dijeron que al comienzo se le había visto un tanto temeroso, tal vez sobresaltado, porque presentía un público hostil, dispuesto a aprovechar cualquier debilidad suya, pues se trataba de Rigoletto, la ópera preferida de los bogotanos y que había sido pospuesta. Pero el público se entregó, no guardó rencores y pudo apreciar en toda su belleza, por fin, la “maravillosa voz” del barítono. Al finalizar, Ruffo fue ovacionado durante diez minutos, el telón se levantó y cayó “veinte veces consecutivas y el público se reventó las manos aplaudiendo”. Al barítono le costó trabajo esconder su emoción. La prensa sostuvo que con su actuación y grandes cualidades, el cantante le había cerrado la boca a quienes habían hablado de su decadencia. Y en los anales de los espectáculos artísticos, Bogotá no registraba antes de esta noche, esta magnífica reacción.

A capriccio del intérprete. Concluyeron las funciones de abono y se programaron unas cuantas adicionales. Titta Ruffo reapareció en Bohemia en el papel de Marelo. Todo parecía haberse solucionado; no obstante, antes de abandonar Bogotá, el cantante demandó ante el Ministerio de Gobierno al general Celerno Jiménez, director de la Policía, y a Andrés Pardo, administrador del Teatro Colón por violación de domicilio cuando ocurrió el incidente de marras. Igualmente demandó al empresario Adolfo Bracale por incumplimiento del contrato, pues se había negado a pagarle la suma acordada por cada una de sus presentaciones. Ruffo abandonó la ciudad dejando a un abogado encargado del caso. El ministro pasó la demanda al Juzgado 1° del circuito en lo criminal. De nuevo el escándalo estalló y ya sin el protagonista principal, Bracale desacreditó al cantante cuanto pudo, y a mediados de julio se le veía en el Teatro Colón negociando una nueva temporada con otra compañía que pretendía organizar.