Anécdotas

 

Exposición:

Barco teatral surca el mar. Año Colombia - Francia, 2017

 
 

Louis Jouvet

 

Cuando la compañía de Louis Jouvet estuvo en Bogotá, en 1943, organizaba recitales en el foyer del Colón. Una de las actrices, Catherine Moissan, no solo se desempeñaba “como recitadora inimitable de los poetas de Francia, antiguos y modernos”, sino que era “adorable y tumultuosa”, tal como lo escribió el intelectual Darío Achury, por lo cual, sin mayor esfuerzo publicitario tenía público asegurado.

¿Hay alguien aquí?

 

Darío Achury Valenzuela, director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación, fue la persona que estuvo más cerca de Louis Jouvet y su compañía; por tanto, es importante transcribir textualmente algunos de sus recuerdos. En uno de ellos se refiere a la actriz más joven: “[…] Mas no son estas anodinas anécdotas las que aquí interesa, sino decir que Catherine Moissan –¡quién lo creyera!–, escribió también su libro sobre su gira artística por Colombia  y otros países suramericanos, siempre bajo la semipaternal y semitiránica tutela de "son patron Jouvet". No recuerdo ahora el título de ese su libro, que más que tal era un variopinto folletín, donde la desenfrenada imaginación de Catherine se desplegó a su antojo.

 

Hablando de Bogotá, recuerda ella una anécdota que, en medio de tanto fabuloso desbordamiento, parece que tuvo, en la época a que ella se refiere, sus trazas o apariencias de verdad.  Narra, en efecto, la Moissan que en la noche en que iniciaba su temporada Jouvet con la presentación de L' Annonce faite a Marie, de Paul Claudel, anunciada para las 9 de la noche, esta se vio sucesivamente aplazada para horas  más tarde, puesto que el entonces presidente de la República, doctor Alfonso López Pumarejo, y su séquito de secretarios y edecanes no daban la menor señal de que se dispusieran a salvar la corta distancia que separaba entonces el palacio de la Carrera del Teatro de Colón. Jouvet, impaciente al fin, y con sobra de razón, resolvió y ordenó dar los tres bastonazos de rigor, que en la Comedia Francesa preceden ritualmente a la subida del telón. Eran las diez y media de la noche y el público ya comenzaba a exteriorizar ruidosamente su justa impaciencia y excitación. Representado el primer acto, cuenta mademoiselle Moissan, llegaron a los camerinos de los artistas noticias confirmando los rumores que ya habían comenzado a circular antes del primer entreacto, por pasillos y cafeterías del teatro. Según aquellas, el presidente López no había podido asistir al estreno de la temporada, porque oportunamente fue avisado de que un alto oficial del ejército, el "Général Edouard Joli", se preparaba a dar en el palco presidencial del Colón un golpe de Estado, "amarrando" a Su Excelencia y asumiendo él el poder. Ya habrá supuesto el lector que el nombre del general, que Catherine galicó a su antojo, corresponde al del General Eduardo Bónitto, edecán o jefe de la casa militar, si no recuerdo mal, de uno de los presidentes de Colombia en la década de los cuarenta.

 

Una hora después –continúa narrando la Moissan– cuando ya el drama de Claudel tocaba a  su fin, a los entre bastidores, pasadizos y telares de tramoyas llegó la nueva del desenlace que acababa de tener el pintoresco entremés que no alcanzó a llevar a su culminación  “mon Général Joli". El presidente  López  Pumarejo –al decir de Catherine acababa  de  regresar a  palacio, de donde horas antes se había retirado precavidamente, y regresaba precisamente en el momento exacto en que, en el escenario del Colón, Anne Vercors, el protagonista del drama de Claudel, recitaba, al retornar a su abandonada casa, el famoso monólogo del acto cuarto: "–¡Salut, maison! C'est moi, voici que le maître revient. ¡Salut, haute demeure!... ¿Holá? Y a-t-il quelqu'un ici?" Dichas estas palabras de feliz retorno por Jouvet, que aquella noche encarnó a Anne Vercors, el telón de boca del Colón descendió durante unos instantes tan solo. Mientras tanto, en la casa presidencial de la Calle de la Carrera, el eco repetía y  hacía resonar la desolada exclamación de Anne Vercors: "¿Holá? Y a-t-il quelqu'un ici?". Como epílogo al variopinto relato de la alborotada y  alborozada Catherine Moissan, cabe la anotación de que desde hace muchos años, y no sabemos por cuántos más, no son pocos los colombianos que continúan escuchando, como en un sueño de  pesadilla, el  eco de esa desoladora  pregunta: "¡Ah de la casa!" ¿Hay alguien aquí?".”

Tomado de: Achury Valenzuela, Darío. Ensayos, glosas y otras erudiciones. Bogotá: Ministerio de Cultura, 1998.

¿La culta Bogotá?

Cuando la Compañía de Louis Jouvet estaba en Bogotá se generaron una serie de preguntas sobre si Bogotá era tan culta como parecía, dada la cantidad de público que llenaba el Teatro de Colón. Algunos sostenían que dicha cantidad en el teatro, así como las librerías llenas de libros de teatro, en especial de las obras del repertorio de Jouvet, traducidas al español; la abierta simpatía que los espectadores demostraban, los recitales y las tertulias en las que solo se hablaba de las funciones, demostraban una vez más que esta ciudad era un centro cultural importante. Mientras unos sostenían lo anterior, otros consideraban que este renacer teatral era un simple brote snob, o para ser más explícitos “una simulación de cultura estimulada por factores de elegancia social y otros de análoga condición”, como lo escribió un columnista de El Tiempo. Claro está que el periodista agregaba que había ganancia al leer a Molière, Giradoux, Claudel y a otros autores franceses.

Bernardo Romero Lozano, en un largo artículo, escrito algunos años después, decía que quienes calificaban de esnobista el público bogotano olvidaban que este no era novelero en materia de espectáculos, sino que por el contrario: “Un instinto estético muy acusado y un marcado desdeño por la hiperbólica propaganda de las cosas falsas, son las características de este público, el más sano, tolerante, patriota y juicioso de cuantos puedan darse”.

 

Esto mismo parecía creer Jouvet, quien lo afirmó en Bogotá y más tarde en un reportaje que concedió en Francia, a su regreso. Él consideró a la capital “entre las más cultas de cuantas recorriera en su gira por América”. Pero, al mismo tiempo, M. Jouvet se extrañaba que siendo culta y contando con teatrófilos fervorosos, no tuviera una compañía nacional. Pues bien, el mismo Achury Valenzuela, quien ya había diagnosticado esta falencia, más aun teniendo un teatro como el Colón, trató de establecer una compañía, y entre las dificultades con las cuales tropezó, para darle larga vida al proyecto, estaban los señores encargados de supervisar los dineros del ministerio, a quienes les parecía que se gastaba demasiado dinero en el montaje de obras nacionales, y más que todo de autores como Vargas Tejada, en Las convulsiones, por ejemplo, pieza que para ellos no era tan buena.

La langue de Molière y el esnobismo

Con motivo de la temporada de M. Jouvet dans le Theatre de M. Colon, el columnista de El Tiempo Fray Lejón, afirmaba irónicamente que la Compañía de María Guerrero no había tenido llenos completos durante toda su temporada como si lo había logrado Jouvet, porque a nadie le importaba demostrar que sabía, o que por lo menos entendía, la lengua de Calderón de la Barca o de Tirso de Molina. Igualmente, que a todos se les había presentado la ocasión de hablar de sus viajes a París, cuando apenas algunos habían alcanzado a llegar hasta Facatativá a comer almojábanas y pandeyucas. M. Jouvet había logrado llenar el teatro de gente que quería demostrar que sabía francés, aunque no supiera de teatro, porque si en el repertorio hubiese figurado La vida es sueño, en español, nadie habría ido. Y si la guerra continuaba en Europa, M. Jouvet se quedaría más tiempo por los caminos americanos y todos podríamos decir: ¿Comment allez-vous?, con fluidez. Et pas plus.

Espectadoras aplicadas

 

Darío Achury, director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación, recuerda haber visto un libro escrito por una de las actrices de la Compañía de Louis Jouvet quien, a su vez, se desempeñaba como modista: “la inolvidable Wanda, así a secas porque así se la mencionaba siempre en los repartos”, dice Achury. Pues Wanda publicó dicho libro, titulado Mon Patron, que era “el nombre, entre afectuoso y respetuoso” con que los miembros del elenco designaban a Jouvet, sobre las peripecias de la Compañía por Suramérica. Siguiendo a Achury, dice: “De Bogotá recuerda varios episodios, pero el que más favorablemente le impresionó fue el acoso diario y nocturno de que fue objeto por parte de los distintos cogollos en que se dividía y subdividía entonces la alta  sociedad bogotana y que se disputaban a la sazón el honor de verse "coiffées" por Wanda, cuya principal ocupación era la de realizar a diario prodigios de alta costura para vestir a las actrices en sus distintas actuaciones  en las  obras de autores clásicos y contemporáneos que integraban el repertorio. Particularmente enloqueció a  nuestras antojadizas damas de las primeras filas de palcos y platea del Colón de entonces, un coquetísimo sombrero que Wanda había ideado para la muy agraciada Monique Mélinande, la primera actriz, a quien le correspondió la noche del estreno, en Bogotá, de la obra de Giraudoux, el papel  de secretaria enamorada del Apollón de Marsac, entre mitad hombre y mitad mito, concebido por el inexhausto genio inventivo del entonces joven dramaturgo francés. Fue tan desmesurado el éxito que en esa noche, y en las sucesivas, alcanzó el sombrerito estilo Apolo de Marsac, que a  los pocos días no había dama bogotana joven, adulta   provecta que no luciera en salones o por estas calles hoy tan calamitosas, el mitológico sombrerito del dios marsaciano”.

 

Tomado de: Achury Valenzuela, Darío. Ensayos, glosas y otras erudiciones. Bogotá: Ministerio de Cultura, 1998.

Palco presidencial vacío

La siguiente anécdota es relatada por el doctor Darío Achury Valenzuela en el libro Ensayos, glosas y otras erudiciones (1998). Como se recordará Achury fue un activo director de la oficina de Extensión Cultural del ministerio de Educación, quien promovió importantes actividades culturales, en su momento, y gestionó una ley en favor del teatro nacional.

 

En dicha obra, Achury se refiere a dos libros aparecidos en París, escritos por dos actrices de la Compañía de Louis Jouvet, quienes recordaban sus aventuras e impresiones de su gira por varios países de América Latina, entre ellos Colombia. Refiriéndose Achury a uno de esos libros, el escrito por la joven actriz Catherine Moissan, dice:

 

“No recuerdo ahora el título de ese su libro, que más que tal era un variopinto folletín, donde la desenfrenada imaginación de Catherine se desplegó a su antojo. Hablando de Bogotá, recuerda ella una anécdota que, en medio de tanto fabuloso desbordamiento, parece que tuvo, en la época a que ella se refiere, sus trazas o apariencias de verdad. Narra, en efecto, la Moissan que en la noche en que iniciaba su temporada Jouvet con la presentación de L´annonce faite à Marie, de Paul Claudel, anunciada para las nueve de la noche, ésta se vio sucesivamente aplazada para horas más tarde, puesto que el entonces presidente de la República, Alfonso López Pumarejo y su séquito de secretarios y edecanes no daban la menor señal de que se dispusieran a salvar la corta distancia que separaba entonces el Palacio de la Carrera del Teatro de Colón. Jouvet, impaciente al fin, y con sobra de razón, resolvió y ordenó dar los tres bastonazos de rigor, que en la Comedia Francesa preceden ritualmente a la subida del telón [...]

 

Representado el primer acto, cuenta mademoiselle Moissan, llegaron a los camerinos de los artistas noticias confirmando los rumores que ya habían comenzado a circular antes del primer entreacto por pasillos y cafeterías del teatro. Según esos rumores, el presidente López no había podido asistir al estreno de la temporada porque oportunamente fue avisado de que un alto oficial del ejército, el Général Édouard Joli, se preparaba a dar en el palco presidencial del Colón un golpe de Estado, ‘amarrando’ a Su Excelencia y asumiendo él el poder. Ya habrá supuesto el lector que el nombre del general que Catherine galicó a su antojo, corresponde al del general Eduardo Bónitto, edecán o jefe de la casa militar, si no recuerdo mal, de uno de los presidente de Colombia en la década de los 40. Una hora después –continúa narrando la Moissan–, cuando ya el drama de Claudel tocaba a su fin, a los entrebastidores pasadizos y telares de tramoyas llegó la nueva del desenlace que acababa de tener el pintoresco entremés que no alcanzó a llevar a su culminación ‘mon Général Joli’.

 

El presidente López Pumarejo –al decir de Catherine– acababa de regresar a palacio, de donde horas antes se había retirado precavidamente, y regresaba precisamente en el momento exacto en que, en el escenario del Colón, Anne Vercors, la protagonista del drama de Claudel, recitaba, al retornar a su abandonada casa, el famoso monólogo del acto cuarto: ‘¡Slut, maison! C´est moi, voici que le maître revient. ¡Salut, haute demeure!… ¿Holá? Y a-t-il quelqu´un ici?’. Dichas estas palabras de feliz retorno por Jouvet, que aquella noche encarnó a Anne Vercors, el telón de boca del Colón descendió durante unos instantes tan solo…”