Anécdotas

 

Exposición:

Guardarropía del siglo XIX

 

Los caprichos de la divina Venus

 

Una noche del mes de noviembre de 1818, la bella Irene Soler debutó en las tablas del Teatro Municipal de Bogotá. A partir de ese momento la actriz y tonadillera española cautivó al público bogotano. Y no solo fue irresistible para los bogotanos, también lo fue para un joven costarricense con quien protagonizó una de las historias de amor más fugaces del teatro.

 

Irene había llegado al país con su familia, compuesta por el padre, quien se desempeñaba como empresario y director, y por sus hermanos: Fernando, Andrés, Domingo y el menor de todos, Julián, quien por su edad era casi un niño. Unos pocos años después, Andrés se destacaría en el cine mudo. Se les conocía como la Compañía Juvenil de los Hermanos Soler.

 

Primero en el Municipal y luego en el Colón, al comenzar 1919, noche tras noche el joven costarricense Alberto Martí ocupaba la misma butaca de una fila delantera de platea, y desde allí admiraba el arte de la bella Irene. No pasó mucho tiempo para que ella notara su presencia, sus aplausos y sus gritos de “bravo”, tan pronto terminaba de cantar o actuar. Para poder hablar libremente con Irene, el joven se hizo amigo de uno de los hermanos Soler y a partir de entonces tuvo entrada franca al camerino de la actriz.

 

¿Y cómo es él? Gallardo, de gran presencia física, hermosos ojos y, principalmente, poseía el don de la palabra y ningún duro entre el bolsillo. Alberto había llegado recientemente a Bogotá huyendo por entonces de la convulsionada Costa Rica. E Irene, la bella y joven actriz, quien solo había conocido la pasión y el amor a través de los personajes por ella encarnados, se le incendió el corazón y el cuerpo con una fuerza nunca antes sentida.

 

Y una noche, en el camerino, él hincado de rodillas y recitándole las más hermosas palabras le propuso matrimonio. En ese momento ella entendió que no podría vivir el resto de su vida sin él, ¡así tuviera los bolsillos vacíos!, y sin vacilar dio el ansiado sí con las mejillas ruborizadas y el pecho henchido de suspiros. Él arregló secretamente el matrimonio en la Iglesia de Santa Bárbara, que se efectuó frente a dos improvisados testigos. Después de la bendición del padre y sin ningún beso de por medio, cada uno regresó a sus actividades. Ella se dirigió al teatro a cumplir con el horario de ensayos, impuesto por su estricto padre. La mañana transcurría sin que nadie se percatara de ninguna alteración en el ánimo de Irene. De pronto, en el descanso, la bella y joven actriz empieza a llorar copiosa y desesperadamente en brazos de su padre. Nadie entendía qué pasaba. Súbitamente entra Fernando, el hermano mayor, y da la aterradora noticia: ¡Irene se acaba de casar!

 

Ella le dice a su padre que es verdad. Pero lo que más le sorprende al jefe de la trouppe Soler es lo que escucha a continuación de labios de ella, que desata una tormenta más fuerte que la primera: “¡No quiero vivir al lado de ese hombre y quiero anular el matrimonio!”. “¡Santa Bárbara bendita!” exclama el padre, y se dirige a la oficina del doctor Ossa, el mejor abogado, el mejor desfacedor de imposibles y, por temperamento y convicción, el gran solterón de la capital. El doctor Ossa opina que el matrimonio Martí-Soler es “rato”. Que en derecho significa nulo, pues no se había consumado. Irenita no había tenido oportunidad de una luna de miel, todavía.

 

Rápidamente termina la temporada la compañía. En el carruaje de Tespis la trouppe Soler continúa el camino. Los periódicos de Barranquilla, Cartagena, Bogotá y demás ciudades por donde la Compañía había pasado, culpan al autoritario padre de haberse interpuesto entre Irenita y su amoroso galán; culpan al egoísta padre de negarles su felicidad y los derechos que la Iglesia les había otorgado; culpan al ambicioso padre de pensar en la hija solo como la perla más valiosa de su trouppe.

 

Los Soler llegan a Honda y allí se encuentran con una terrible noticia. El secretario de Gobierno de Cundinamarca le había solicitado al Alcalde de Honda capturar a la “señora Irene Soler, a quien reclama el marido en uso del santo derecho de posesión” que él tiene. La bella Irene huye. Aligera su equipaje dejándolo en Ambalema y emprende el largo viaje a la costa, unos tramos a pie y otros en una balsa por el Magdalena. 29 días emplea en esta odisea; apenas había “pasado bocado y tomado un poco de café que le vendían en míseras cabañas” que encontraba a su paso. Llega a Cartagena en deplorable estado de salud: “Con voz apagada y los pies enormemente hinchados... Vestida con harapos mugrosos... y con hambre, mucha hambre”. Las damas de la sociedad cartagenera obsequian a Irenita algunos trajes, la invitan y agasajan y ella misma les declara que antes que esposa “quería ser hija obediente y sumisa, apoyo de su madre enferma y, más que todo, de sus hermanitos menores”. Con cierta prontitud, antes de que la orden de arresto llegara hasta Cartagena, Irenita toma el vapor Perú con rumbo a Colón, en donde la aguarda su familia.

 

El 30 de junio de 1919, la bella y talentosa Irene desembarca en Colón y allí, en la carreta de los Soler reanuda su vida en el teatro.

Historias detrás del drama

 

Durante buena parte del siglo XIX la sociedad colombiana toleró la pena de muerte de hecho, para castigar a los hombres que deshonraran a una mujer. A todas luces se trataba de un asesinato, pues era ilegal y la ley castigaba a los homicidas; sin embargo, era una práctica extendida. El dramaturgo José María Samper quería combatirla junto con la idea de la venganza para cobrar el honor ofendido. Su intención era poner de manifiesto que existían otras soluciones para reparar la ofensa y lograr el arrepentimiento del tenorio. Escribió, por tanto, el drama Dios corrige, no mata, a mediados de 1856. Al final del acto primero el dramaturgo compuso una cuarteta que, según sus propias palabras, resumía “la moral del drama”:

 

La honra no se rescata

con sangre del seductor!

Que el puñal castiga o mata,

pero queda el deshonor!

 

Como la ficción y la realidad a veces se mezclan de manera desconcertante, una extraña coincidencia se dio en febrero de 1857, cuando se hacían los ensayos para el estreno del drama. En la calle más transitada de Bogotá, el padre de una bella damita mató al joven Ricardo Vanegas, con quien había tenido relaciones íntimas, pero quien ya había expresado su deseo de casarse con ella, para cumplir con su deber de honor y de conciencia. En cierto modo, en la calle había ocurrido un drama real con un argumento similar al del drama teatral de Samper.

 

El padre homicida se enteró del estreno de la obra y creyó que sería, con nombre propio, el protagonista también en las tablas y, de manera apresurada, profirió serias amenazas contra el escritor y el director de escena Lorenzo María Lleras, quienes optaron por ignorarlas y continuar con el montaje. El drama fue representado y muy aplaudido, porque el público asistió masivamente atraído por el tema, la curiosidad y toda la barahúnda que se había armado alrededor de los hechos. Por fortuna para los artistas de las tablas no ocurrió ningún hecho lamentable, pues el padre no llevó a efecto sus amenazas. 

 

Claro está que el asunto no paró ahí. Si creemos que hay obras literarias y teatrales que llegan de manera directa al corazón de una sociedad, ya sea porque la cuestiona, la hace pensar o le muestra de manera descarnada lo que sus miembros quieren ignorar, pues Dios corrige, no mata causó también gran revuelo por la imagen divina que el autor mostraba en su obra. El periódico El Catolicismo acusó a Samper de ignorante, porque el Dios de la Biblia era bastante distinto al bondadoso del escenario, quien corregía y no mataba. Parecía que el Dios de los teatreros románticos no se avenía con el del Génesis, invocado por la publicación, quien había condenado a muerte al hombre cuando quebrantaba sus preceptos, por ello en el pasado había enviado grandes mortandades, penas, el diluvio y el fuego. A dónde iría a parar la sociedad, se preguntaba El Catolicismo, si “el señor Samper y demás compañeros” se seguían empeñando “en hacer perder el temor al castigo”, sin acordarse “que el que desencadena la fiera, es su primera víctima”.

 

El Loco, periódico bastante falto de razón en este tema, y con un discutible concepto sobre la función de la crítica teatral, se sumó al calificativo de ignorancia del autor en materias religiosas y agregó una lista de errores “estilísticos” que la obra tenía. Ante todo, discutió su género: no era un drama sino un melodrama, excesivamente realista, porque en el escenario se mostraba una carpintería y dicha escenografía no concordaba con los parlamentos en verso; todo lo contrario “el serrucho, las tablas y la cola” chocaban con ellos. La primera actriz “repugnaba” cuando decía “soy madre”, y no se había casado; por tanto, era una mujer degradada, ofensiva para los ojos de cualquier espectador.

 

El colofón de esta anécdota le corresponde redactarla a cada uno de los lectores. Nosotros solo podemos concluir que el dramaturgo disparó una carga de gran calado en el momento oportuno; sin importar el serrucho y las discusiones genéricas.

 

 

Historia detrás de una comedia

 

Para continuar con la misma época y los mismos protagonistas del apartado anterior, es importante recordar otro suceso que ocurrió en el Coliseo bogotano, a los mismos protagonistas, durante una de sus temporadas.

 

El dramaturgo José María Samper acompañaba a Lorenzo María Lleras durante el ensayo de una de sus obras. El alcalde del distrito, quien no olvidaba las leyes antiguas y desconocía las nuevas, se presentó en el teatro para anunciarles que no permitiría su estreno, porque la pieza no había sido sometida a previa censura, a la de él, claro está. Por supuesto, esto era ilegal y chocante la actitud, pues la censura previa estaba legalmente abolida por entonces. El incidente se superó, pero la irritación de un joven y combativo autor no pasa tan rápido. Así que Samper juró poner en ridículo al viejo alcalde bogotano. Y efectivamente logró convertirlo en personaje, en su comedia más popular y una de las más conocidas del repertorio colombiano: Un alcalde a la antigua y dos primos a la moderna.

 

Para escribir esta comedia de costumbres, el autor también retomó algunos de sus recuerdos de personajes pueblerinos, bastante conocidos por él en Honda, Guaduas, Ambalema y La Mesa, los combinó con el tipo del cachaco bogotano y salpimentó sus parlamentos con humor y sátiras políticas.

Libro de teatro

 

En las estadísticas de consulta de libros publicadas por la Biblioteca del Centenario, de Popayán, en su Boletín de febrero de 1917, en el epígrafe Teatro- Drama, figura un solo libro consultado; mientras que en Literatura se leyeron 163 libros.

 

 

Luis Vargas Tejada

 

El autor de teatro más publicado en el país ha sido Luis Vargas Tejada, con la comedia Las convulsiones.

Impuestos y protestas

Armando Gutiérrez Velásquez, en su libro Reminiscencias de Buga, recuerda que en 1890 arribó a esa ciudad la compañía Colón. Llegaba precedida de gran fama porque había tenido una temporada exitosa en Bogotá. El día del debut de la Colón, la policía impidió el espectáculo porque todavía la compañía no había pagado los impuestos correspondientes. Cuando el público se dio cuenta salió enardecido en persecución de los agentes de policía, quienes procedieron entonces a arrestar a algunos artistas. El público logró la excarcelación de los actores, quienes presentaron la función en la plaza de Buga al día siguiente, pues el mobiliario del teatro había resultado destruido por el amotinamiento.

 

 

Catarros y fríos bogotanos

 

En algunos periodos de la vida teatral bogotana, de manera intermitente, durante el siglo XIX y comienzos del XX, el público no respondía a los esfuerzos de los artistas y dejaban de asistir a los teatros. Esta fue una queja reiterada, pero no existe un motivo sino varios a los cuales se puedan atribuir dicha ausencia, porque cada época conlleva sus complejidades. Sin embargo, hay una simpática explicación, anotada por el cronista don Juan de Castellanos, a finales de la Colonia, quien escribió que los santafereños se acostaban temprano porque los vientos del oriente les producían reumas y catarros.

 

Honores para un cavalier

 

En el pasado, el público de ciudades de la costa Atlántica y de Bogotá manifestaban su admiración no solo con los tradicionales aplausos y “bravos” al cerrarse el telón, sino que también utilizaban diferentes expresiones de afecto como sentidos poemas, discursos y los agasajaban con diferentes obsequios y regalos. Pues en junio de 1924, en el Teatro Colón de Bogotá, se llevó a cabo una suntuosa velada en honor de Adolfo Bracale, empresario y director de orquesta. Se puso en escena Traviata, dirigida por el mismo homenajeado y, desde el principio del espectáculo hasta el final, el público exultante le brindó calurosas ovaciones.

 

Era la tercera vez que Adolfo Bracale llegaba al país al frente de una compañía a complacer a los aficionados a la ópera. En uno de los entreactos y después de las ruidosas ovaciones, un grupo de aficionados entregó a Bracale una valiosa joya, acompañada de un “mensaje escrito en artístico y hermoso pergamino”, anotaba un periodista invitado. No faltaron las palabras de gratitud ni los discursos ardientes. El maestro no solo agradeció sino que hizo sus mejores votos por la prosperidad del país y “el surgimiento del arte nacional”, bella frase con la cual artistas y aficionados a las artes escénicas expresaban una y otra vez sus sueños más preciados, hasta cuando los tiempos cambiaron y con ellos los sueños y utopías, que se expresaron con otras frases.

Cómodo sofá

 

Corría el año de 1857 y en el Coliseo bogotano se representaba Fe, esperanza y caridad del francés José Bernardo Rosier. Formaba parte de la escenografía un sofá, ubicado en el proscenio. Un borracho consuetudinario consideró que ese sofá era el sitio más cómodo que había dentro del teatro para disfrutar la función; tranquilamente él subió al proscenio y se sentó, sin importarle que dos personajes del drama allí departían. Sorprendidos los dos actores, exigieron al actor natural retirarse de la escena, a lo cual él se negó. A la fuerza trataron de sacarlo, pero el borrachito se agarró tan fuerte al respaldo del sofá que este se volcó y todos quedaron debajo del mueble. El telón cae dando por terminada la improvisada y jocosa escena.

 

 

Trucos revelados

 

La Compañía Dramática y Lírica Blen se encontraba en temporada en Cartagena, en 1867, y mientras se representaba El zapatero y el rey, llegó la escena en que un Fraile debía hacer un conjuro a Don Pedro, caracterizado por el excelente actor Emilio Muñoz. En el instante en que al conjuro del fraile debía hervir la sangre del mismísimo Don Pedro dentro de una gran copa, ésta se vino al suelo y dejó al descubierto la bengala que hacía de hirviente sangre. Un murmullo seguido de hilaridad se escuchó entre el público que prontamente y de manera espontánea guardaron un gran silencio por respeto y consideración con los actores, quienes no habían tenido ninguna culpa en el accidente y, antes por el contrario, se les veía visiblemente conmocionados. Rápidamente los dos actores hicieron todo lo que estaba a su alcance para que la función continuara.

 

 

Engañosa pistola

 

A finales del siglo XIX unos aficionados de Cartagena representaban una obra en que un “villano seductor” moría en escena de un pistoletazo, después de oír un corto parlamento de dicterios, proferidos por el futuro “matador”. Durante todos los ensayos la pistola cumplía su papel y respondía “su parlamento” bien y a tiempo. El día de la representación de la obra, el “matador” comenzó el parlamento de dicterios con la pistola en la mano; la martilló rápidamente y a boca de jarro la disparó contra su rival escénico, quien al escuchar el disparo debía lentamente dejarse caer, pero, por desgracia, a medio camino de la caída debió detenerse porque la pistola, contra su costumbre, había fallado. El “matador” la armó nuevamente y la disparó por segunda vez, con igual resultado. En ese instante de estupor y sepulcral silencio se oyó una estruendosa voz que partía del gallinero: “Dale una puñalada con la culata”. Los dos actores aficionados, más aturdidos que nunca sintieron un gran susto; el “matador” que seguía sosteniendo el arma hizo de nuevo el ademán de disparar, y sin que la fementida pistola dijese su parlamento, cayó muerto el miserable seductor. Cayó el telón en medio de gritos, carcajadas y aplausos a tutiplén. Y para colmo de los noveles actores, esa noche las damas sensibles no se enjugaron las lágrimas de compasión sino de risa, por el inesperado y jocoso desenlace.

 

Después de este final surgieron varios otros chascarrillos que al ir de boca en boca se modificaban al antojo de quien lo transmitía; pero el que encontró mayor eco, fue el urdido por un malicioso, quien dijo que como los artistas antes de cada acto se animaban con unas copitas de coñac, la pólvora se había mojado con Otard Dupy, coñac de moda entre los jóvenes.

Torpezas de censor

 

Según el relato escrito en la Revista de las Indias por Juan Peñalosa Rueda, director del Teatro de Colón a mediados del siglo xx, la Junta de Censura nombrada en 1879 en el Teatro Maldonado de Bogotá, logró distinguirse entre sus congéneres por su malicia y torpeza. En efecto, cuando la compañía que actuaba por entonces solicitó el permiso para presentar La dama de las camelias, le fue dado el plácet con la condición estricta de que al final del último acto se celebrase el matrimonio de Armando y Margarita. Condición imposible de cumplir.

¿Hambre o exquisitez culinaria?

 

Esta anécdota contiene un gato, un asesinato y una posible excentricidad culinaria. En todo caso, todo un enigma.

 

Corría el año de 1865 y la compañía de Manuel Castell, director español de buenos quilates artísticos, había terminado temporada en Venezuela y se dirigía a Bogotá por el camino de oriente, que pasaba por Cúcuta y Bucaramanga. Castell había llegado a América por Cuba y se movía muy bien por los caminos centroamericanos y el norte de Sur América. Tenía una buena compañía compuesta por su esposa, dos hijas jóvenes y varios actores y actrices españoles. En Cúcuta la compañía se había disuelto a causa de unos problemas ocasionados por uno de los actores, quien se había robado un gato en el caserío de San Luis, cercano a la ciudad. Pero el problema no fue solo el robo del gato, sino que el actor lo había sacrificado y luego se lo había comido. Cuando el dueño del animal le reclamó, el actor zanjó las diferencias matándolo también. Algunos lugareños que fueron testigos en el proceso declararon lo anterior. Y para que no quedara duda de la infamia del actor, colocaron una cruz de madera en el lugar de los hechos. Con el paso de los días ese sitió comenzó a ser conocido como la Cruz del Gato.

 

El misterio está todavía por resolverse. Falta un Sherlock Holmes de la investigación teatral colombiana, de gran inteligencia, hábil observador y con razonamiento deductivo que pueda resolver este caso. ¿El actor tenía hambre y no encontró nada más para comer? ¿Hacía mucho tiempo no preparaba su platillo preferido? ¿No había vuelto a representar su preferido y catártico drama? Investíguelo usted en los archivos penales del departamento.