Anécdotas

 

Exposición:

Gilberto Martínez, el vivaz hombre de teatro

 

Martínez espera a su público

 

El dramaturgo Gilberto Martínez Arango, como buen anfitrión que era, en la Casa de Teatro esperaba a sus espectadores para saludarlos y departir unos minutos. En las épocas en que su público disminuía de manera inquietante, trazó una estrategia para no cancelar la función: si llegaban dos, tres, cuatro o cinco espectadores (los que fueran), sacaba de la sala el resto de las butacas y decía: – Aforo completo, que comience la función.

Martínez y el obispo ofendido

 

La obra La ruleta rusa, del cartagenero Régulo Ahumada, había tenido presentaciones exitosas en ciudades de la costa Atlántica. En octubre de 1967, cargada de popularidad llegó a Medellín, donde transcurría sin sobresaltos el Festival Universitario de Teatro. Según el calendario festivo, el 25 de ese mes se representaría. Por ese entonces, Monseñor Tulio Botero era el Arzobispo de Medellín, y unos días antes de la función pidió al Alcalde que prohibiera la representación de La ruleta rusa y, si era necesario, que la Policía interviniera para impedirla. La noche de marras transcurrió sin novedades porque, muy a tiempo, el Secretario de Educación del Departamento, Gilberto Martínez Arango, defendió a los organizadores y a los universitarios, afirmando con su voz de actor, fuerte y contundente, que: “ninguna autoridad debe establecer la censura y menos coartar la libertad ideológica”.

Martínez en ardides teatrales

 

Estaba a punto de comenzar el Festival de Teatro Universitario en Medellín y toda la boletería se había vendido. Alguien le contó a Gilberto Martínez, quien se desempeñaba como Secretario de Educación, que el Gobernador del Departamento había dado la orden de cancelar el evento y, dado el cargo de Martínez, lo estaba buscando para que firmara la orden. En vista de la difícil situación, al actor se le ocurrió esconderse en el Teatro Pablo Tobón Uribe y pedir a sus colaboradores inmediatos no informar sobre su paradero. A la búsqueda de Martínez se sumó el alcalde de la ciudad, así que ya no era uno sino dos altos funcionarios averiguando dónde se hallaba, y evidentemente ninguno de los dos estaban de buen humor. Finalmente el alcalde, que conocía la posición del secretario de educación, se quedó callado y el Festival se pudo realizar.

 

 

Martínez y el obispo ofendido

 

La obra La ruleta rusa, del cartagenero Régulo Ahumada, había tenido presentaciones exitosas en ciudades de la costa Atlántica. En octubre de 1967, cargada de popularidad llegó a Medellín, donde transcurría sin sobresaltos el Festival Universitario de Teatro. Según el calendario festivo, el 25 de ese mes se representaría. Por ese entonces, Monseñor Tulio Botero era el Arzobispo de Medellín, y unos días antes de la función pidió al Alcalde que prohibiera la representación de La ruleta rusa y, si era necesario, que la Policía interviniera para impedirla. La noche de marras transcurrió sin novedades porque, muy a tiempo, el Secretario de Educación del Departamento, Gilberto Martínez Arango, defendió a los organizadores y a los universitarios, afirmando con su voz de actor, fuerte y contundente, que: “ninguna autoridad debe establecer la censura y menos coartar la libertad ideológica”.