Anécdotas

 

Exposición:

Shakespeare con vestuario colombiano

 

Un elenco muy especial

 

Merece especial atención aquí lo ocurrido en Medellín hace ya una década. El Teatro El Grupo, dirigido por Beatriz Duque y Alejandro Alzate, llevaron a la escena un par de obras a comienzos del año 2000. En 2005 decidieron encarar el montaje de la tragedia Romeo y Julieta, junto con diez jóvenes artistas que tenían síndrome de Down, parálisis cerebral o retardo. Los papeles fueron asignados de acuerdo con sus facilidades artísticas o con el gusto que mostraban tener por uno u otro personaje, después de haber leído el libreto y de un juicioso trabajo de mesa que demoró seis meses.

 

Al asignar los papeles resultaron cuatro Julietas y otros tantos Romeos, quienes actuaban según las escenas. Cada uno interpretó su papel según su personalidad y talante, y todo resultó muy bien el día del estreno, ya olvidadas algunas dificultades que habían tenido que enfrentar durante los ensayos, como la tristeza o el llanto que en todos suscitaba la escena de la muerte de Julieta, así como la emoción y felicidad que produce cuando el amor surge, tal como ocurrió entre Samuel y Sara María, un Romeo y una Julieta en el escenario. No muy distinto a lo que puede ocurrir dentro de una compañía profesional. Dificultades, amor y llanto.

Nota: Oquendo, Catalina. 'Romeo y Julieta' en versión especial. En: El Tiempo, 17 de diciembre de 2005; Sección 1, p.  24

Tragedias sociales, soluciones creativas

 

Corría el año de 2004 y en Lerma, corregimiento caucano, sus habitantes llevaban aproximadamente dieciséis años sin beber públicamente un trago de licor o una cerveza. Decisión tan radical había sido tomada por un puñado de familias, por viudas y huérfanos, porque antes de 1988 Lerma se asemejaba a un pueblo del oeste cinematográfico: duelos en las calles, venganzas y cobros de sangre, riñas y tiroteos a cualquier hora, cantinas sin horarios, prostitutas, cocaleros y adolescentes armados. Cuando no hubo familia que no hubiese llorado a algún muerto, todos decidieron reunirse para encontrar alguna solución: que gestionar una base militar, que solicitar un puesto de policía, que traer un exorcista, que una cosa y que otra… Finalmente llegaron a una reflexión que parecía complicada y, al mismo tiempo, bastante sencilla: salvar a los más jóvenes mediante la educación. A cambio de cantinas ofrecerles una actividad para desarrollar durante las noches.

                       

No fue fácil convencer a todos los habitantes, porque la mayoría de los propietarios de las cantinas se oponían. Era un negocio muy rentable. Pero los hechos sangrientos seguían siendo tozudos y los resultados contundentes. En la cantina del “Culisabroso”, el cantinero más temoso, el único que seguía abriendo sus puertas, en una sola noche de borrachera vio cuatro muertos y más de siete heridos caer. Fueron tristemente las gotas que colmaron las copas y que no dejaron dudas de la solución.

 

Se construyó un colegio con veintiséis estudiantes. Se trajeron docentes de Popayán, que se asemejaban más a quijotes de la enseñanza, pues no tendrían “salario fijo” (porque no había con qué pagar); solo se les garantizaba vivienda y alimentación. A uno de los profesores se le ocurrió establecer las noches culturales o “chocolatadas” o “empanadas bailables” para sustituir las juergas con licor. Montaban obras de Shakespeare, aprendían a bailar bambuco lermeño, que se estaba perdiendo, y al cabo del tiempo, se formaron más de cinco agrupaciones musicales.

 

Hoy no se sabe que pasó después de ese 2004, pues no hay profesor que aguante sin salario, ni cuerpo que sobreviva solo de la buena voluntad, del amor por la enseñanza, el teatro y la música.

 

Nota: Espinel Rubio, Adriana. ”Lerma un pueblo sin cantinas”. En: El Tiempo, 3 de octubre de 2004; Sección 1, p. 8